Vacaciones

Hace años, el concepto de vacaciones era el de descansar de la rutina. Romper radicalmente con la consecución -a veces mecánica- de pequeños hechos cotidianos. Suena el despertador, lo apago, me cepillo los dientes, tomo el café, me desplazo al trabajo, desarrollo mis tareas, charlo con compañeros, como al mediodía, vuelta a trabajar, camino a casa de vuelta, alguna afición, ceno y me voy a la cama. Puede que el lunes toque ver una peli, el martes una cerveza con amigos y así algo diferente todos los días, pero que no deja de ser lo mismo que se hace todas las semanas. Lo mismo pasa con los fines de semana. Ir al cine, salir a pasear con los niños, alguna propuesta cultural… Rutina. Siempre igual.
Los que viven en grandes ciudades lidian todos los días con pequeños generadores de estrés. Ruido de la calle, gente apretujada en el metro, atascos en las calles, retrasos, tiempo perdido… Sin mencionar la contaminación en el ambiente que, sin darnos cuenta, nos invade poco a poco. Son pocos los que tienen el privilegio de ir en bici al trabajo, por ejemplo. Y son muchos los que están todo el día delante de un ordenador, constantemente conectados. ¿Conectados con qué? ¿Con quién? Las nuevas tecnologías nos invitan a compartir todo, en tiempo real, con gente a millones de kilómetros de distancia. Nos “salvan” de los tiempos muertos. No nos dejan perder ni un minuto. Siempre estamos disponibles. A toda hora, no importa dónde estemos.

¿Y qué si quiero perder tiempo? ¿Y qué si sólo quiero sentarme en una tumbona, mirar el mar que se acerca y se aleja? ¿Y qué si quiero reflexionar sobre temas importantes -o triviales- sin llegar a ninguna conclusión, porque sólo se trata de eso, de pensar? ¿Y qué si quiero leer esa novela interesante de un tirón, pero que el cansancio diario sólo me permite avanzar de a dos renglones por noche? ¿Y qué si quiero olvidarme de la clave del ordenador o del ringtone de mi móvil? Y que la palabra compartir recobre ese significado que implicaba a la persona que tengo al lado…

Hoy el mundo se ha hecho pequeño. Podemos volar al otro lado del mundo para pasar nuestras vacaciones en sitios con wi-fi. Tenemos acceso a información remota, a todas horas, desde cualquier sitio recóndito. Es difícil encontrar sitios para esconderse de todo eso, para conectar con uno mismo, para romper -aunque sea una semana- de la rutina. Y sólo por ese lapso de tiempo permitirnos levantarnos tarde, salir a andar, observar el mar, enseñar a los niños una lagartija, pasear en bicicleta, pescar, sentir la brisa que alborta el pelo, leer… Descubrir lo maravilloso de la naturaleza en estado puro.

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